Raul del Pozo, El Mundo 8-3-2012
Uno de los primeros reportajes que hice a mi llegada a Madrid fue una entrevista a Azorín. En realidad no fue una entrevista, sino un pie de foto a un anciano sentado en una mesa camilla. Me colé con el fotógrafo en su casa de la calle Zorrilla, detrás del Congreso, le dejé un libro sobre la mesa y me fui empujado por la criada sin poder preguntarle por sus recuerdos de cronista parlamentario. Luego he sabido que Azorín no hablaba con nadie cuando iba al Congreso y sólo miraba con insistencia al pozal del hemiciclo después de haber esperado en la puerta a ver cómo llegaba Sagasta en una berlina tirada por dos caballos. Describía un parlamento en el que los diputados tiraban colillas en las alfombras y se calentaban las manos en estufas de leña, pero reconocía que el hemiciclo era la escuela del bien hablar y, además, de cortesía.
No vamos a echar de menos aquel panorama de fantasmas, aquella corrupción de oratoria hinchada, aquella España corrupta, irreal e inerte, pero algo de todo aquello revivimos cuando presenciamos las funciones, como la de ayer en la sesión de control, que tienen algo de fin de época, cuando los que gobiernan nos van a sacar los hígados por las faltriqueras, los juzgados están de bote en bote y ya no hay banquillos para tantas posaderas de folclóricas, yernos de rey, ex presidentes de comunidades y alcaldes.
Lo más molesto es que todo lo que ocurre en el Congreso arranca ovaciones inducidas, para la autocomplacencia de una casta cada vez más aislada de la calle. ¿Tocan las palmas porque al que no aplaude no lo nombran en el BOE o son así de devotos? Si esto sigue así acabarán poniendo también risas como a los vídeos de los cómicos, con reidores y llorones como en los tiempos en los que los contrataba el chef de claque. Sus Señorías llevan a Rajoy en sus andas como si fuera Jesús del Gran Poder y lo mismo hacen los costaleros de Rubalcaba. Sus fieles y agradecidas cuadrillas en sus fundas de piel esconden los aceros.
Que sean teatrales y efectistas las sesiones es lo de menos pues no olvidemos que para ganarse el aplauso de sus compañeros los senadores romanos acuchillaron a César al pie de la estatua de Pompeyo y Nerón exigía 2.000 aduladores mientras pulsaba la lira. Lo más molesto es que esa adulación y servidumbre se traslada a los periodistas. Esta democracia ha inventado el aplauso obligatorio y el argumentario con el que nos bombardean.
Argumentario es una palabra mostrenca, que no figura en el diccionario y significa síntesis de intoxicaciones, catecismo doctrinal para el navajeo retórico con argucias, sofismas, agudezas y alcahueterías. Se necesitaría de un control de la demagogia, el argumentario y la veracidad del aplauso, como ya hay un control de la alcoholemia.
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