La
Razón, 28-V-2005. Un poco de memoria histórica
Siempre
he respetado a los Jueces, por convicción y por profesión. Pero,
¿qué hacer cuando un Juez miente y abusa del enorme poder que le da
la creencia social de que siempre dice la verdad, ya sea en aras de
enriquecerse o de destruir a un ciudadano que le cae mal? En 1992 es
desmantelada la UCIFA (Unidad Central Antidroga de la Guardia Civil)
por el Juez Baltasar Garzón y Luis Roldán. La Justicia condenó a
un Coronel, un Comandante, un Sargento y varios guardias, además de
a algunos confidentes, por la utilización de técnicas irregulares
en la lucha antidroga: pagar con una parte de la droga decomisada a
los confidentes
que las hicieron posibles.
Antes,
en 1991, los propios mandos de la UCIFA que luego serían condenados
descubrieron el enriquecimiento personal de dos guardias civiles y un
confidente, que actuaban habitualmente como agentes encubiertos (los
guardias Domínguez y Porras, y el confidente Temple). Al realizar
las denominadas entregas controladas sustraían droga que luego
vendían, con reparto de ganancias. La riña entre ellos por ese
reparto originó su descubrimiento. No obstante, su interés común
por salvarse los unió de nuevo, convirtiéndose en «arrepentidos
clónicos» del juez Garzón, que asumió las readaptadas
declaraciones de estos corruptos, y les garantizaron beneficios
penales a cambio de las acusaciones que debían hacer sobre los
mandos y compañeros que les descubrieron, según guión prefabricado
por los colaboradores del Juez, designados expresamente por Roldán.
Estos guardias corruptos y el confidente fueron
mínimamente condenados, y casi no pisaron la prisión. Los que los
descubrieron fueron expulsados de la Guardia Civil, con prisión de 8
años y 100 millones de multa.
Me
entero ahora de que el citado juez todavía se permite el lujo de
difamar públicamente a uno de los miembros de la UCIFA, el
Comandante Pindado, en quien el juez parece focalizar su odio a la
Guardia Civil. En Internet se trascriben las páginas 320 y 321 del
libro primogénito del juez Garzón –«El hombre que veía
amanecer»–, diciendo que tales páginas son la impresión «que
una persona de su talante y categoría (Garzón) ha sacado de un «Sr.
Comandante de la Benemérita, mientras le está tomando declaración».
En esencia, el juez afirma que el Comandante Pindado insultó
gravísimamente a todos los guardias civiles para salvarse de sus
responsabilidades, y que, en el colmo de su bajeza moral para exculparse,
afirmó que «un guardia civil, un número, es... escoria». Ante
tales insultos degradantes para los guardias civiles, Garzón escribe
que «le agredieron las entrañas las palabras de tal personaje...
sin alma de oficial » y que ordenó a la mecanógrafa que las
reflejase especialmente («Marta, ponga eso entre comillas y en
negritas»). En fin, el Juez da tal lujo de detalles sobre lo que le
declaró Pindado que, si fuera cierto, habría que concluir que San
Garzón destruyó al demonio encarnado en dicho Comandante.
Sin
embargo, el Juez Garzón miente como un bellaco porque nada de esto
que publica en su libro es verdad, ni figura en las declaraciones del
sumario. ¡Jamás el Comandante Pindado dijo lo que el Juez Garzón
afirma en su libro!, y escrito está en el sumario lo que realmente
ocurrió. Es alucinante seguir leyendo cómo tergiversa Garzón el
caso UCIFA en su conjunto y cómo insulta al Comandante citado y a la
Guardia Civil, acusando a su Dirección incluso del delito de
prevaricación, al decir que concedió a Pindado un retiro vitalicio
del 200 por cien para «vivir del cuento por sus servicios prestados
a la Patria ». Incluso remata el Juez con un brindis libertario, muy
propio de su ridícula candidatura al Nobel de la Paz: «Con este
tipo de democracia para qué coño queremos libertades, si Franco no
ha muerto joder, es que no nos damos cuenta; en la Guardia Civil hay
más dictadores que en toda América Central y del Sur».
Nada
más lejos de la realidad. He rescatado las declaraciones del
Comandante ante el Juez Garzón, y nada hay de insultos, ni de
escorias, ni de negritas, ni de todas las gilipolleces que,
increíblemente, refleja en su libro como ocurridas. Y, por supuesto,
es falso lo del 200 por cien de pensión arbitraria. Y era lógica mi
ignorancia hasta ahora dado que jamás he comprado un libro a este
personaje, por haber conocido, en directo, su vampirismo del trabajo
real de los policías y guardias civiles en aras de un arribismo
enfermizo, como me decía la extraordinaria Fiscal Carmen Tagle, tan
despreciada en vida por algún compañero y tan llorada por los
mismos –especialmente Garzón– delante de los fotógrafos.
Por
ello me pregunto, ¿cómo puede un Juez mentir y difamar con tanto
descaro, o tan enorme malicia, sobre algo que consta por escrito de
forma radicalmente distinta? ¿A qué se atreverá este Juez cuando
se dilucide algo solamente testimonial y no se pueda acreditar? ¿Será
en estos casos igual de difamador y malvado, o es que se vuelve loco
y se descontrola en hechos concretos? Puestos a recordar lo que
falsifica el Juez, resumo las circunstancias reales de la declaración
de Pindado del 17-12-1992. El Comandante tenía órdenes de
autoinculparse del pago con droga a confidentes; con ello el caso
UCIFA se hubiera cerrado cómodamente para Garzón y para Roldán,
que era el que patrocinaba el caso previo pacto con el Juez. Para
amedrentar al Comandante le incomunicaron, le privaron de su abogado
y le amenazaron con echar a su familia de su vivienda oficial de
inmediato. En esa situación, en la que los colaboradores del juez
llevaban 6 días ablandándolo (¿torturándolo?), le sacaban de
prisión en algunas ocasiones y le reunían en puntos aislados con su
esposa, a la que en paralelo sacaban a solas de su domicilio
asustándola con largos paseíllos en coche (algunos de noche),
conminándola a convencer a su marido para que se inculpara y así
sacar adelante a sus tres hijos, prometiéndole entre otras cosas
comprarle un buen piso a su nombre si lo conseguía.
Las
coacciones y amenazas permanentes para obtener confesión, llamadas
torturas por el art. 174 del C. Penal, no dieron su fruto el día de
declarar. El Juez se encabronó tremendamente, llegando a golpear la
mesa cuando el Comandante exige, antes de firmar y sin
autoinculparse, que tachen una línea que ha quedado en blanco para
que no la pudieran rellenar con algo no dicho (lo que demuestra que
el Comandante sabía bien quién era Garzón) y así consta en el
sumario. El Juez, lleno de ira, ordena entonces ponerle unos
grilletes y sacarlo esposado por la puerta principal de la Audiencia
Nacional, previa cita de fotógrafos y cámaras de TV. En fin, luego
siguieron nada menos que casi cuatro meses de prisión en aislamiento
total, eliminación por recusación del incómodo (por su
independencia) Presidente del Tribunal que le debía juzgar y,
finalmente, la condena prevista por el instructor. Le hicieron todo
«un completo». En definitiva, ¿qué decir de todo un Juez, al que
se atribuye, per se, verdad y certeza en lo que conoce y afirma,
cuando resulta que miente e injuria descarada y públicamente? ¿Y
qué pensar de tal Juez si, al difamar y dañar conscientemente a una
persona por hechos ocurridos en su labor jurisdiccional, lo hace por
ganar dinero y fama?
La
conclusión no puede ser otra que la de que se trata de un auténtico
sinvergüenza, que intenta y consigue sacar una cuantiosa suma de
dinero publicando sus casos profesionales, con el enorme descaro de
injuriar y mentir, a pesar de saber que se puede comprobar tal
falsedad. La Real Academia es concluyente sobre lo que es un
SINVERGÜENZA: el que comete actos ilegales en provecho propio, o que
incurre en inmoralidades. Y éste es el caso, en ambas acepciones,
del Juez Baltasar Garzón, nuevo rico gracias a sus publicaciones
infames, al menos en lo que yo he podido comprobar. Si Josep RAMONEDA
afirmaba («El País», 18-2-2001) que lo dicho en ese libro de
GARZÓN sería «parcial o imprudente», yo añado que es delictivo e
inmoral, porque delito es injuriar públicamente e inmoral es hacerlo
para lucrarse.
Pero
si lo anterior son «sinvergarzonadas », no podemos obviar, ya
puestos, lo que ocurre con el segundo libro que acaba de publicar
–«Un mundo sin miedo»–. En éste, aparte de ser un bodrio
filosofal sobre las supuestas virtudes del Juez vistas por sí mismo
y un cortar-pegar de informes policiales fagocitados, tiene algo
gravísimo: revela informaciones que sólo ha podido conocer por
razón de su cargo y que no deben ser divulgadas, por generar grave
daño para la causa pública y para terceros. Me refiero a lo que
narra el Juez sobre la detención de la cúpula de ETA en Bidart
(Francia), proporcionando datos clave para la identificación del
confidente que propició tal éxito policial. Cuestión delicadísima
que en absoluto figura en el atestado policial y que sólo ha podido
conocer reservadamente por razón de su cargo. Si es cierto lo que
afirma el Juez, acaba de condenar a muerte a una familia; y si se lo
ha inventado, la misma familia puede ir pensando en el exilio, al
tiempo que echa por tierra una estrategia de infiltración policial
de graves consecuencias.
En
esencia, como dice el Tribunal Supremo, al aplicar el art. 417 del C.
penal en una condena a un funcionario por revelación de información
conocida por su cargo: «Nada más desmoralizador que el custodio de
la legalidad -en el concreto aspecto del sigilo profesional- se
convierta en el infractor de la norma" (STS, 2ª, de 19-6-2003).
El
juez Baltasar Garzón ha querido, previo millonario cobro, airear su
vida privada desde su tierna infancia, mezclándola con relatos
profesionales falsos o reservados sobre lo sucedido con personas
detenidas. Pero esa mezcla prefabricada de salsa rosa con autos de
prisión, de obsesivo pavoneo con gente VIP –tras captar al gran
profesional Luis del Olmo para abrirle las puertas de los famosos–
y de enormes titulares cual supermán en sumarios escogidos, no tiene
maldita gracia. Cuando se comprueban las mentiras, difamaciones y
daños que es capaz de producir, por ganar dinero como sea, no se
comprende que siga siendo Juez. En definitiva, hay que concederle al
Juez Garzón, de inmediato, su ansiado Premio Nobel. Pero no el de la
Paz, sino el Nobel al Juez Sinvergüenza. Y para certificar su enorme
merecimiento al premio, el Candidato Garzón puede contar conmigo. Le
guardaré una copia de los documentos comentados y de algún otro
más, ahora que voy a ser su más fiel testigo protegido.
Serafín-Rafael GÓMEZ
RODRÍGUEZ
Teniente
Coronel de la Guardia Civil
Doctor
en Derecho por la Universidad Complutense
"El hombre que veía amanecer" lo perpetro la numeraria Pilar Urbano, se supone que tras largas horas de conversa con BGR.
ResponderEliminarSe daban detalles tan chuscos comonque al empezar el día y pasar de la horizontal a la vertical, aun sentado en la cama se pone el calcetín del pie izquierdo.
O sea el muy guarro, lo recoge del suelo y lo vuelve a usar.
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarEres un mal pensado, lo que pasa es que es ecologista y no quiere gastar agua.
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