A DIESTRA Y SINIESTRA. David Torres en El Mundo
ANTES, para dar un golpe de Estado se necesitaba la participación del ejército, unos cuantos generales, tanques, cierres de emisoras y periódicos, toque de queda, listas negras. Lo que se dice un pifostio. Hoy con un banquero y un teléfono basta y sobra. En Grecia y en Italia han derrocado dos gobiernos democráticos y nadie, excepto marginales y piantados, ha abierto la boca para protestar. Más bien al contrario, sorprende la unanimidad con que se aplaude la sustitución de Berlusconi y Papandreu por dos títeres de la banca, como si lo de presidente democrático fuese una profesión obsoleta, una hipérbole del entrenador de fútbol. Como si esto de la democracia fuese una coña marinera, un capricho de niños malcriados que dura hasta que una mañana el tío de la billetera decide que no, coño, que lo hará mejor un primo suyo.
Creíamos que esto de la democracia era otra cosa (incluso esta democracia barata y mamporrera que padecemos) pero resulta que no habíamos leído la letra pequeña del contrato, tal vez porque la letra pequeña éramos nosotros. Berlusconi caía gordo, bien; era un inmoral y un fullero, bien; tenía más juicios pendientes que el espectro de Jesús Gil, vale; pero lo que ha acabado por echarlo a la calle no son las urnas sino los mercados y las agencias de calificación, léase la larga Mano Negra del dinero. Esa gente que fuma puros en la sombra, que quita y pone presidentes como quien se cambia de calzoncillos, sin recibir ni un titular ni una crítica. Podían habernos contado antes que éramos tontos del culo, que nuestros representantes políticos también, y nos habríamos ahorrado todo el guirigay de debates, partidos y elecciones. A Rajoy lo podría haber elegido Goldman Sachs en una partida de póquer en Wall Street y todos tan felices. El Gobierno del pueblo sin el pueblo y sin el Gobierno: he ahí una nueva técnica del golpe de Estado que Malaparte no llegó a prever, tal vez porque en su tiempo el dinero todavía tenía cara. Cuando nos cambiamos al euro no sabíamos que con la moneda única el alma iba incluida.
Hay que agradecer, al menos, la rapidez y eficiencia con que se ha producido la doble decapitación, lo incruento del trámite. Las calles limpias de sangre, sin guillotina, sin piquetes de fusilamiento, sin ruido de sables, sin los intempestivos bigotes de Tejero. Tengo para mí que no es cortesía profesional sino economía de medios, que ya no queda pasta ni para pagar al peluquero. Cómo andará de mal la cosa que hasta los militares golpistas van a ir al paro.
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